Mi primer año invirtiendo

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Tardé once meses en empezar. El mes doce cambió mi percepción en cuanto al valor del dinero.

No era falta de información. Era que siempre había algo más urgente, más importante, más cómodo que hacer primero.

Seré honesta: cuando me hablaron por primera vez de invertir, puse los ojos en blanco. Me sonaba a cosa de hombres con trajes, a gráficas que no iba a entender, a tener que leer informes aburridos un domingo por la tarde. Bastante tenía yo con el trabajo, la casa, los niños y la lista interminable de cosas pendientes. ¿Invertir? Claro, como si una no tuviera nada más que hacer.

Y así pasé meses. Con la pestaña del navegador abierta, sin hacer clic. Con el libro a medias en la mesilla. Con la excusa perfecta siempre a mano: «cuando tenga más tiempo», «cuando entienda mejor cómo funciona», «cuando tenga más dinero ahorrado». El clásico bucle de la procrastinación financiera, que yo entonces no sabía que tenía nombre.

El cambio llegó cuando quedé con mi amiga economista a tomar un café. Acudí sin demasiadas expectativas, al contrario, me aliviaba pensar que tenía una excusa más alimentando mi procrastinación financiera. Después de ponernos al día sobre nuestras cosas, mi amiga sacó un papel y un bolígrafo y me dijo: «Imagina que tienes disponibles €1000 que no te van a hacer falta en el próximo año».

Si esos €1000 los dejas bajo el colchón, valdrán menos a final del año. Si esos €1000 los inviertes a un % superior a la inflación, valdrán más que aquellos bajo el colchón aún y después de haber pagado la parte impositiva.

Entendí, por primera vez de verdad, que el dinero quieto no es dinero seguro. Que la inflación no es una noticia del telediario, sino algo que le está pasando a mis ahorros ahora mismo, mientras yo decido si me pongo o no me pongo con esto. De la mano de mi amiga, comencé.

No me haré rica. Tampoco fue mi intención antes. Pero la diferencia entre esos 980 euros que habrían valido mis ahorros parados y los 1.038 que tengo ahora no es solo de dinero. Es de mentalidad. Sé lo que estoy haciendo. Sé por qué lo hago. Y sé que el año que viene va a ser mejor que este, porque ya no empiezo de cero.

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